jueves 26 de mayo de 2011
sábado 30 de abril de 2011
PRESENTACIÓN ABRIL 2011 MANOS DE PUTAENDO
-Poemas de Carlos Hernández Ayala-
I. Lenguaje y Discurso poético
Hay una multiplicidad de voces en el discurso poético de Carlos Hernández Ayala, donde se mezcla lo fantástico (el universo imaginario, los sueños), con lo real (la crítica social, el abandono, el mensaje poético-filosófico, la búsqueda de la verdad). Agregado a ello, está el uso del lenguaje, el cual se manifiesta en plena libertad, o mejor dicho, el poeta, tomando plena consciencia en su proceso creativo; reconoce al lenguaje como su principal herramienta de trabajo y logra sacar el máximo provecho de ello, de ahí que sus versos sean ricos en imágenes, a la vez, llenos de sentido, lucidez e ironía. Ejemplo de lo anterior es el siguiente verso (página 30).
SANTO CÁLIZ
Vagoroso a la vagina / el espíritu retorna
galaxia que adorna / una pobre cabeza que imagina
Con la llave de Vallejo / vuelvo a la vasija
sea joven el viejo / pequeña o gran valija
II. Construyendo una Nueva Realidad
Pareciera que en los poemas de Carlos Hernández, el hombre y el entorno que lo rodea, son una especie de experimento mal ejecutado, o mejor dicho, un experimento en constante proceso de ejecución. En ese sentido, el poeta reafirma la teoría de Hiudobro; “El poeta es un pequeño Dios”. De ahí que Hernández, tomando cartas en el asunto, logra, poco a poco, construir a su antojo una nueva realidad. Aunque dicha realidad se nos manifiesta en pequeñas dosis, como ventanas que se abren y se cierran, luces que se apagan y encienden en cualquier instante de este viaje inacabable.
Ejemplo de ello son los siguientes versos (página 38).
CANTO SEGUNDO
Si ayer caminé descalzo, hoy desnudo suelo buscar frutas para ti,
carnosos y acreditados, nísperos que he debido encerar, mientras tras
la bruma suena la ironía de los tiempos reales, si antaño carecí de ojos
solo fueron consecuencias o lodo en tus manos juguetonas.
*****************
Hay una noche perra en la inmensidad de un ladrido, entra en los
cuerpos de las personas como estrellas.
III. Ironía y Gravedad: Un equilibrio necesario
La ironía es un constante elemento que sostiene algunos poemas de La Hermosa Ruralidad de un Sueño, como un juego seductor que nos conduce de manera grata en este viaje. Ésta se manifiesta de dos formas:
I. A través del mensaje o crítica social (religiosa, histórica, económica, política). En este caso, la ironía posee un mensaje de fondo que es serio, una sutil gravedad que se manifiesta de forma mesurada y poética.
II. A través de la técnica de escritura y el empleo de un lenguaje seductor, ingenioso, el cual le da un toque de gracia (o coquetería sutil) a sus versos. En este punto, la lectura se torna placentera y llena de vitalidad. Ejemplo de ello son los siguientes versos (página 55)
ORACIÓN EN 360º
Danos tu misericordia innecesaria / por ponerte en duda, por blasfemar
por creernos el hoyo del queque / por limpiarnos el mismo con poemas.
Por otra parte, el tono grave del discurso de Carlos Hernández, se manifiesta a ratos con el empleo de un lenguaje duro, con imágenes crudas y chocantes. Talvez, el objetivo de esto es quitarle solemnidad a los textos, cuyo mensaje nos aterriza, y nos demuestra lo que somos; una realidad vulnerable e insignificante, seres humanos a punto de caer al abismo. Ejemplo de ello son los siguientes versos (página 67).
SABIDURÍA MATERNAL
Sepa usted / tuve diez hijos al caer la luna
A todos los bañé en el estero / de todos comí placenta
Con el tercero se me curtieron los pezones / todos fueron atravesados por la espada de la guerra / uno a uno les fui limpiando la sangre de la herida / devolviendo las vísceras a su posición / cerrando los tajos con paciencia.
IV. Influencias Notables en un Poeta Notable
La poesía de Carlos Hernández es un viaje literario-poético vertiginoso, y como en susurros, se nos aparecen las voces de sus maestros favoritos; una especie de intertextualidad espontánea, como una invitación al diálogo poético; César Vallejo, Roberto Juarroz, Vicente Huidobro. Y si por un lado sus versos tienen la gravedad de un Enrique Lihn, por otra parte, algunos de sus versos poseen la emoción de un Jorge Teillier (aunque las imágenes, que aquí podríamos definir como láricas, son en realidad una especie de flash fotográfico, imágenes estáticas y espontáneas, que no representan el fin del poema en sí, mas bien son escenas de paso, que nos conducen a realidades más complejas y subjetivas).
Por otra parte, es interesante ver a su heterónimo (¿o seudónimo?) favorito deambulando por el caudal poético de Carlos Hernández. Me refiero a Maximiliano Cynan, en el poema “Mitológica Aparición de un Mortal en el Panteón de los Falsos Dioses Conocidos”. Y es interesante el recurso, pues, como es de esperar, esta manifestación es un homenaje a uno de sus maestros favoritos; Fernando Pessoa.
V. Conclusión
Es indudable que leer a Carlos Hernández Ayala, es una tarea que debe hacerse con responsabilidad. Una tarea que nos entrega sorpresas pues, como es de esperar, su discurso posee varias capas de lectura; enseñanzas, realidades, mensaje, ironía, locura, sueños, fantasía, dolor. Todos estos elementos nos entregan a un poeta de pensamiento complejo, quien entiende que éste es un juego que apasiona hasta la muerte; una especie de misión imposible en medio del desierto.
He aquí, unos versos que lo identifican plenamente:
AUTORRETRATO
Entonces escribo y cualquier excitación se va a las pailas
eyaculo en el vacío talvez sobre la hoja
despierto abrazado a ti
con el cuaderno debajo de la almohada
engañando a todos menos al futuro.
Sin duda, un autor atrevido, original, que se responsabiliza muy bien en su oficio literario. Una muestra interesante de la actual generación de poetas aconcagüinos.
Marco López Aballay
Callejón Spic
Putaendo, Otoño del 2011
jueves 28 de abril de 2011
viernes 11 de febrero de 2011
miércoles 30 de septiembre de 2009
domingo 30 de agosto de 2009
Mercurio de Valpo Domingo 17 de octubre de 2004
A medio camino de
la aldea prometida
Carlos Hernández trae la poesía del Valle del Aconcagua con su obra "La hermosa ruralidad de un sueño".
GABRIEL CASTRO RODRÍGUEZ
La espera larga se justifica si consideramos la estupenda voz poética de Hernández.
Versos
"Hay afuera / una persona / espera que un árbol cuelgue / una calle vacía es una mujer, que no llega a tiempo" (El tiempo se divide). "Fuimos oscuros aprendices, / neófitos profetas de pacotilla, / llevando mujeres al río, / creyendo que escucharían, / la música de los dioses" (Los vacíos pedestales). "Despierto sobresaltado, / la luz de la ventana aturde, / lavo mi cara, / y olvido contar el sueño / al primero que veo". (Ilusión onírica). "Toda la vida, hubiera quedado/ entre esos muslos;/ ha sido lo más cercano,/ a quedar sin respiración" (Artificio erótico). "Creo haberlo dicho, / soy un pobre tipo, / aspirante al regreso" (Uno). "Ayer sorprendí al viento,/ detenido tras los árboles del campo,/ tocaba algunas hojas y miraba a los hombres,/ sin entender sus movimientos" (Dos).
Al centro, al margen estamos. Depende del punto de referencia.
Esa es la condición, ya vemos que relativa, para discriminar o ser discriminados.
Santiago suele literariamente ignorarnos como si no hubiera hora y media entre nosotros, sino mundo y medio.
Pero ojo, cuánto sabemos de las letras de Villa Alemana, de Quebrada Alvarado. Dos centros literarios regionales sumamente activos. Cuánto los ignoramos. Así también a la literatura de la hermosa ciudad del Valle de Aconcagua: San Felipe. No sólo actualidad tienen sus letras, sino tradición.
Al azar algunos nombres de ayer y hoy: Ernesto Montenegro, Carlos Ruiz, Pablo Cassi, Ernesto de Blasis y Azucena Caballero, entre muchos otros. A esta permanentemente abierta lista de escritores, con honores, se une la poesía de Carlos Hernández Ayala (Los Andes, 1973).
Exactamente después de tres años de publicado se presentó "La hermosa ruralidad de un sueño" (Editorial Doña Tungo) en la sala Carlos Hermosilla, subsuelo del Palacio Vergara, en Viña del Mar.
Tres años duró el viaje entre San Felipe y la Ciudad Jardín.
La espera larga se justifica si consideramos la estupenda voz poética de Hernández.
Dicho sea de paso el libro bien hubiese merecido un título a la altura de las bellas alturas a las cuales llega el poeta una y otra vez.
Pero sin exagerar nos sorprendemos con, no la imitación, sino la semejante natural mirada quieta y resultado escritural buscado y hallado siempre con inteligente y apreciada sencillez por Jorge Teillier.
El poeta de la Frontera, de Lautaro y finalmente de La Ligua, acompaña en dúo a este otro poeta con la silenciosa elocuencia de los buenos fantasmas sutiles.
Rara y preciosa forma de hacer poesía que no hemos visto entre los siguientes poetas hasta dar con Hernández. Sólo quizás el poeta viñamarino Francisco Véjar sea la otra excepción a la grave desidia, o impotencia, ante tal valiosa herencia.
Con más presencia mapuche y a veces con más desencantado postmodernismo del que Teillier incorporó en su obra, este joven aconcagüino muchas veces contiene y ofrece en sus versos aquella belleza callada, calmada, nostalgia muda, tristeza suave, reclamo apagado.
Entonces bienvenido este otro poeta bajando del pedestal profanado hasta la tierra tranquila codo a codo, boca a boca con el hombre y la mujer del día a día.
Nuevamente, por fin, cierta promesa de aldea y guardián dulce hecho de muchos versos sabios como el agua corriente.
A medio camino entre los haikús, poemas del lejano oriente, contemplativos, naturales y todo lo mejor del citado autor de "Los dominios perdidos", a medio camino -si no fuera- porque debe aprender este prometedor poeta que los signos de puntuación pueden desterrarse sin miedo de sus limpios poemas, y los títulos de sus poemas pueden (deben) hacerles justicia.
Si hoy creemos que este poeta de poco más de treinta años es una promesa, también le exigimos al mismo tiempo el mejor cumplimiento de una de las herencias más desperdiciadas y apreciables de la poesía chilena del siglo pasado.
Entendemos mejor ahora todos los años que nos separaron de la aldea, esa patria poética que debería estar en nuestros sueños y lecturas desde los márgenes de estos convulsionados y extraviados centros.
la aldea prometida
Carlos Hernández trae la poesía del Valle del Aconcagua con su obra "La hermosa ruralidad de un sueño".
GABRIEL CASTRO RODRÍGUEZ
La espera larga se justifica si consideramos la estupenda voz poética de Hernández.
Versos
"Hay afuera / una persona / espera que un árbol cuelgue / una calle vacía es una mujer, que no llega a tiempo" (El tiempo se divide). "Fuimos oscuros aprendices, / neófitos profetas de pacotilla, / llevando mujeres al río, / creyendo que escucharían, / la música de los dioses" (Los vacíos pedestales). "Despierto sobresaltado, / la luz de la ventana aturde, / lavo mi cara, / y olvido contar el sueño / al primero que veo". (Ilusión onírica). "Toda la vida, hubiera quedado/ entre esos muslos;/ ha sido lo más cercano,/ a quedar sin respiración" (Artificio erótico). "Creo haberlo dicho, / soy un pobre tipo, / aspirante al regreso" (Uno). "Ayer sorprendí al viento,/ detenido tras los árboles del campo,/ tocaba algunas hojas y miraba a los hombres,/ sin entender sus movimientos" (Dos).
Al centro, al margen estamos. Depende del punto de referencia.
Esa es la condición, ya vemos que relativa, para discriminar o ser discriminados.
Santiago suele literariamente ignorarnos como si no hubiera hora y media entre nosotros, sino mundo y medio.
Pero ojo, cuánto sabemos de las letras de Villa Alemana, de Quebrada Alvarado. Dos centros literarios regionales sumamente activos. Cuánto los ignoramos. Así también a la literatura de la hermosa ciudad del Valle de Aconcagua: San Felipe. No sólo actualidad tienen sus letras, sino tradición.
Al azar algunos nombres de ayer y hoy: Ernesto Montenegro, Carlos Ruiz, Pablo Cassi, Ernesto de Blasis y Azucena Caballero, entre muchos otros. A esta permanentemente abierta lista de escritores, con honores, se une la poesía de Carlos Hernández Ayala (Los Andes, 1973).
Exactamente después de tres años de publicado se presentó "La hermosa ruralidad de un sueño" (Editorial Doña Tungo) en la sala Carlos Hermosilla, subsuelo del Palacio Vergara, en Viña del Mar.
Tres años duró el viaje entre San Felipe y la Ciudad Jardín.
La espera larga se justifica si consideramos la estupenda voz poética de Hernández.
Dicho sea de paso el libro bien hubiese merecido un título a la altura de las bellas alturas a las cuales llega el poeta una y otra vez.
Pero sin exagerar nos sorprendemos con, no la imitación, sino la semejante natural mirada quieta y resultado escritural buscado y hallado siempre con inteligente y apreciada sencillez por Jorge Teillier.
El poeta de la Frontera, de Lautaro y finalmente de La Ligua, acompaña en dúo a este otro poeta con la silenciosa elocuencia de los buenos fantasmas sutiles.
Rara y preciosa forma de hacer poesía que no hemos visto entre los siguientes poetas hasta dar con Hernández. Sólo quizás el poeta viñamarino Francisco Véjar sea la otra excepción a la grave desidia, o impotencia, ante tal valiosa herencia.
Con más presencia mapuche y a veces con más desencantado postmodernismo del que Teillier incorporó en su obra, este joven aconcagüino muchas veces contiene y ofrece en sus versos aquella belleza callada, calmada, nostalgia muda, tristeza suave, reclamo apagado.
Entonces bienvenido este otro poeta bajando del pedestal profanado hasta la tierra tranquila codo a codo, boca a boca con el hombre y la mujer del día a día.
Nuevamente, por fin, cierta promesa de aldea y guardián dulce hecho de muchos versos sabios como el agua corriente.
A medio camino entre los haikús, poemas del lejano oriente, contemplativos, naturales y todo lo mejor del citado autor de "Los dominios perdidos", a medio camino -si no fuera- porque debe aprender este prometedor poeta que los signos de puntuación pueden desterrarse sin miedo de sus limpios poemas, y los títulos de sus poemas pueden (deben) hacerles justicia.
Si hoy creemos que este poeta de poco más de treinta años es una promesa, también le exigimos al mismo tiempo el mejor cumplimiento de una de las herencias más desperdiciadas y apreciables de la poesía chilena del siglo pasado.
Entendemos mejor ahora todos los años que nos separaron de la aldea, esa patria poética que debería estar en nuestros sueños y lecturas desde los márgenes de estos convulsionados y extraviados centros.
Etiquetas:
reseñas literarias
| Reacciones: |
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


